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EL MUNDO SE QUEDO SIN COLOR

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El mundo se quedó sin color . Alguien me dijo algo que llevaba algún tiempo frente a mis ojos y, de pronto, ya no puede dejar de verlo.

Las fachadas de los edificios construidos hace cincuenta años tienen ocre, terracota, verde musgo, azul desteñido. Las de ahora tienen blanco, gris claro, gris oscuro, y ese beige que no termina de ser ningún color. Los autos de las fotos familiares de los setenta y los ochenta eran amarillos, rojos, verdes, azules. Los estacionamientos de hoy son una fila interminable de plata, negro y blanco. Descubro entonces qué algo importante desapareció.

¿Qué nos dice la ausencia de color sobre el mundo que le fue borrando?

Para entender la pérdida hay que entender primero lo que existía, porque el color nunca fue ornamento.

Los egipcios cubrían sus templos con azules y dorados extraídos de los minerales de su propia tierra. Cada pigmento tenía un origen, un costo de producción, un lugar en la jerarquía de los materiales disponibles. La pared era también un texto que situaba al visitante en un orden concreto del mundo, le decía en qué lugar estaba parado y a qué fuerza debía esa construcción su existencia. Los griegos pintaban sus estatuas y fachadas con colores intensos. El mármol blanco que el siglo XVIII convirtió en símbolo de la civilización clásica es solo la versión decolorada.

En el Mediterráneo, el azul de las casas de Santorini tenía una función que precedía a cualquier decisión estética: la mezcla de cal con ciertos óxidos naturales conservaba las estructuras bajo el calor extremo y actuaba como barrera contra bacterias en un clima donde el calor y la humedad lo favorecen todo. Los pescadores de Burano pintaron sus casas con la saturación máxima posible porque necesitaban reconocerlas desde el agua cuando la niebla cerraba el mundo y solo quedaban manchas de color sobre el gris. Las ciudades de ocre del norte de África, esas que se confunden con el desierto desde lejos, usaron literalmente el suelo que tenían bajo los pies.

El color era siempre información antes de ser belleza. Nos decía en qué parte del mundo estábamos. Nos decía de dónde provenía lo que nos rodeaba, qué comunidad lo había construido, qué clima lo había condicionado. Esa localidad tenía conocimiento sedimentado en la superficie de las cosas. Cuando eso se reemplaza con una paleta que no pertenece a ningún lugar, el espacio pierde capacidad de decir algo.

El primer movimiento que explica el mundo gris es económico.

Los autos en tonos neutros tienen mejor valor de reventa. El color, en el mercado de bienes duraderos, es un riesgo. Comprar un auto rojo o verde es apostar por el propio gusto en un mercado que castigará esa apuesta cuando llegue el momento de vender. Con los inmuebles es más visible. Los apartamentos se pintan de blanco antes de ponerse en el mercado porque el blanco no le pertenece a nadie. Construimos un mundo diseñado para no pertenecerle a nadie, porque la pertenencia reduce el universo de compradores potenciales.

Un apartamento con ese ocre rugoso de ciertos edificios de los años cincuenta, ese verde desgastado de las casas que dan al mar, tiene carácter. Y el carácter, en el mercado de propiedades, es un defecto. Un apartamento de concreto y vidrio en Ciudad de México compite por los mismos compradores que uno en Varsovia o en Singapur precisamente porque ninguno de los dos tiene nada que lo ate a donde está.Después llegó la economía digital de la imagen. Durante la década pasada, restaurantes, cafeterías y hoteles comenzaron a parecer versiones distintas del mismo espacio. Madera clara, lámparas cálidas, blanco predominante, plantas ubicadas estratégicamente.Todo esto parecía una moda, pero su objetivo era la neutralidad para que funcionara mejor en fotografía. El restaurante dejó de diseñarse para ser habitado y empezó a diseñarse para ser fotografiado. Lo importante ya no era la experiencia del comensal, sino la reproducción digital de esa experiencia.

La historia de la austeridad cromática comienza con los aristócratas europeos, quienes adoptaron tonos sobrios en el momento en que los burgueses enriquecidos comenzaban a vestirse con colores intensos. Lo austero era una declaración de superioridad sobre lo ostentoso. El razonamiento implícito era que quien necesita demostrar su posición con el color de su ropa, ponía en evidencia que su posición necesita ser demostrada.

Esa sobriedad hoy tiene nombre propio: «quiet luxury». Prendas sin logos visibles, en cremas y beiges y grises cálidos, confeccionadas con materiales que cuestan lo que un mes de renta pero que solo se reconocen como caros si uno tiene el código para leerlos, ilegible para quien está afuera del círculo. Parece simple, y esa apariencia de simplicidad es lo que lo hace inalcanzable para quien no tiene acceso a ciertos espacios, ciertas tiendas, ciertos entornos donde ese código se aprende. El lujo que se muestra, es el lujo de quienes llegaron recientemente.Lo que Thorstein Veblen describió como consumo conspicuo (el gasto visible como señal de estatus) giró ciento ochenta grados. El nuevo lujo es el que parece que no lo es. Y su paleta es el beige.

Caminar frente a fachadas monótonas durante muchos años, produce una fatiga atencional acumulada. El entorno visualmente empobrecido no ofrece nada a lo que el ojo pueda anclarse. El cuerpo lo procesa como una ausencia continua que tiene costo, aunque sea imposible explicar cuándo comenzó precisamente esa sensación de cansancio. En ciudades que ya concentran todas las fuentes posibles de estrés (ruido, densidad, velocidad, incertidumbre económica) agregar la monotonía cromática como condición permanente del paisaje no es un detalle menor.

Hemos evolucionado en entornos de una diversidad visual extraordinaria. El mundo natural no tiene paletas neutras: tiene variación constante, contraste, saturación. La respuesta atencional a esa diversidad es antigua. Quitarla produce un tipo de privación que, como ocurre con muchas privaciones graduales, se vuelve imperceptible una vez que ha durado el tiempo suficiente.

Y si eso vale para los adultos que caminan por ciudades grises, vale más todavía para los recién nacidos que abren los ojos en cuartos beige.

La paleta neutra también llegó al mundo infantil. Lo que empezó como tendencia de diseño de interiores para adultos terminó en los cuartos de los bebés, en su ropa, en sus juguetes. La justificación fue la misma: el minimalismo como señal de buen gusto, la neutralidad como elegancia. El problema es que un recién nacido tiene un sistema visual que se está desarrollando y que necesita contraste, colores primarios, estimulación para construir sus conexiones perceptivas. El cuarto que queda perfecto en la foto puede ser, para el bebé que vive en él, un ambiente visualmente plano en el momento en que necesita lo contrario.El color no desapareció porque la gente lo rechazara. Desapareció porque el entorno donde se tomaban las decisiones lo fue haciendo cada vez menos viable, cada vez más costoso, cada vez más difícil de defender frente a la lógica del consumo, lo que fotografía bien y lo que indica pertenencia a una clase que, para cuando la mayoría llega, ya se fue a otra parte.

Un mundo sin color no es un mundo más maduro ni más moderno. Es un mundo que aprendió a borrarse a sí mismo para circular mejor.

Este tema no termina aquí. Más abajo encontrarás dos publicaciones que van directo al fondo de todo lo anterior: cómo el diseño urbanístico no es solo una cuestión estética sino un negocio con actores concretos, materiales estandarizados que favorecen a algunas industrias , y consecuencias sociales que van del aislamiento al empobrecimiento del espacio común.

The world has run out of color. Someone told me something that had been right in front of my eyes for some time and, suddenly, I can’t stop seeing it.

The facades of buildings constructed fifty years ago feature ochre, terracotta, moss green, and faded blue. Those of today feature white, light grey, dark grey, and that beige that doesn’t quite manage to be any color at all. The cars in family photos from the seventies and eighties were yellow, red, green, and blue. Today’s parking lots are an endless row of silver, black, and white. I discover then that something important has vanished.

What does the absence of color tell us about the world that has been erasing it?

To understand the loss, one must first understand what used to exist, because color was never merely an ornament.

The Egyptians covered their temples with blues and golds extracted from the minerals of their own land. Each pigment had an origin, a production cost, and a place in the hierarchy of available materials. The wall was also a text that situated the visitor within a specific order of the world; it told them where they stood and to which force that construction owed its existence. The Greeks painted their statues and facades in intense colors. The white marble that the 18th century turned into a symbol of classical civilization is merely the bleached version. In the Mediterranean, the blue of the houses in Santorini had a function that preceded any aesthetic decision: the mixture of lime with certain natural oxides preserved the structures under extreme heat and acted as a barrier against bacteria in a climate where heat and humidity favor everything. The fishermen of Burano painted their houses with the maximum possible saturation because they needed to recognize them from the water when the fog closed in on the world and only patches of color remained against the grey. The ochre cities of North Africa, those that blend into the desert from afar, literally used the soil they had beneath their feet.

Color was always information before it was beauty. It told us what part of the world we were in. It told us where our surroundings came from, which community had built them, and what climate had conditioned them. That locality had knowledge sedimented onto the surface of things. When that is replaced by a palette that belongs nowhere, space loses its capacity to say anything.

The first movement that explains the grey world is economic.

Cars in neutral tones have better resale value. Color, in the market for durable goods, is a risk. Buying a red or green car is a gamble on one’s own taste in a market that will punish that bet when the time comes to sell. This is even more visible in real estate. Apartments are painted white before being put on the market because white belongs to no one. We build a world designed to belong to no one, because belonging reduces the universe of potential buyers. An apartment with that textured ochre of certain 1950s buildings, or that weathered green of houses facing the sea, has character. And character, in the property market, is a defect. A concrete and glass apartment in Mexico City competes for the same buyers as one in Warsaw or Singapore precisely because neither has anything that ties it to where it is.

Then came the digital economy of the image. During the last decade, restaurants, cafes, and hotels began to look like different versions of the same space. Light wood, warm lamps, predominant white, strategically placed plants. All of this seemed like a trend, but its goal was neutrality so that it would photograph better. The restaurant stopped being designed to be inhabited and began being designed to be photographed. What mattered was no longer the diner’s experience, but the digital reproduction of that experience.

The history of chromatic austerity begins with European aristocrats, who adopted sober tones at the moment when the enriched bourgeoisie began to dress in intense colors. Austerity was a declaration of superiority over the ostentatious. The implicit reasoning was that anyone who feels the need to demonstrate their position through the color of their clothes makes it evident that their position needs to be demonstrated.

That sobriety today has a name: “quiet luxury.” Garments without visible logos, in creams, beiges, and warm greys, made from materials that cost a month’s rent but are only recognized as expensive if one has the code to read them—a code illegible to those outside the circle. It looks simple, and that appearance of simplicity is what makes it unreachable for those without access to certain spaces, certain stores, and certain environments where that code is learned. Luxury that shows itself is the luxury of the “newly arrived.” What Thorstein Veblen described as “conspicuous consumption” (visible spending as a status signal) has done a 180-degree turn. The new luxury is the one that looks like it isn’t. And its palette is beige.

Walking past monotonous facades for many years produces accumulated attentional fatigue. A visually impoverished environment offers nothing for the eye to anchor to. The body processes it as a continuous absence that carries a cost, even if it is impossible to explain exactly when that feeling of weariness began. In cities that already concentrate every possible source of stress—noise, density, speed, economic uncertainty—adding chromatic monotony as a permanent condition of the landscape is no minor detail.

We have evolved in environments of extraordinary visual diversity. The natural world does not have neutral palettes: it has constant variation, contrast, and saturation. The attentional response to that diversity is ancient. Removing it produces a type of deprivation that, as with many gradual deprivations, becomes imperceptible once it has lasted long enough.

And if that holds true for adults walking through grey cities, it holds even truer for newborns who open their eyes in beige nurseries.

The neutral palette has also reached the world of children. What began as an interior design trend for adults ended up in babies’ rooms, their clothes, and their toys. The justification was the same: minimalism as a sign of good taste, neutrality as elegance. The problem is that a newborn has a visual system that is still developing and needs contrast, primary colors, and stimulation to build its perceptive connections. The room that looks perfect in a photo may be, for the baby living in it, a visually flat environment at the very moment they need the opposite.

Color didn’t disappear because people rejected it. It disappeared because the environment where decisions were made rendered it increasingly less viable, increasingly more expensive, and increasingly harder to defend against the logic of consumption—what photographs well and what indicates belonging to a class that, by the time the majority arrives, has already moved elsewhere.

A world without color is not a more mature or more modern world. It is a world that learned to erase itself in order to circulate more easily.

This topic does not end here. Below you will find two publications that go straight to the heart of the above: how urban design is not just an aesthetic matter but a business involving specific actors, standardized materials that favor certain industries, and social consequences ranging from isolation to the impoverishment of common space.

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